La política actual parece haber perdido por completo el sentido del ridículo y, lo que es mucho más grave, el respeto más básico hacia los ciudadanos. En un panorama donde las promesas electorales se las lleva el viento con una facilidad pasmosa, los recientes acontecimientos que sacuden la esfera política en México nos sirven de espejo perfecto para reflexionar sobre la clase dirigente que nos gobierna. Nos encontramos ante un escenario dantesco que bien podría ser el guion de una tragicomedia de mal gusto: por un lado, una presidenta que desde la tribuna gubernamental se atreve a dictar qué canales de televisión deben o no deben ver los ciudadanos; y por el otro, un senador que acumula la friolera de noventa y cinco ausencias en su puesto de trabajo mientras se dedica a viajar a todo lujo por Madrid y Nueva York. Es el descaro institucionalizado, una bofetada a mano abierta a la clase trabajadora que madruga cada día para sacar su vida adelante.

Empecemos por el gravísimo ataque a la libertad de expresión que se ha vivido recientemente. Durante su habitual conferencia matutina, un espacio que se supone destinado a informar sobre la gestión del país y rendir cuentas ante la opinión pública, la presidenta Claudia Sheinbaum cruzó una línea roja que en cualquier democracia sana haría saltar todas las alarmas. Sin inmutarse, le recomendó a la población, de manera directa y autoritaria, que dejaran de ver TV Azteca, una de las principales cadenas de televisión del país. ¿La razón? El canal y su propietario, Ricardo Salinas Pliego, han dado cobertura a campañas de colectivos ciudadanos que critican duramente a los funcionarios de su gobierno, señalándolos por supuestos vínculos oscuros.
Resulta verdaderamente escalofriante que el máximo representante de un Estado utilice todo el aparato mediático y el altavoz gubernamental para iniciar un boicot contra un medio de comunicación privado por el simple hecho de que su línea editorial le resulta incómoda. Imaginemos por un momento que desde el Palacio de la Moncloa se señalara con el dedo a una cadena nacional y se pidiera a los españoles que apagaran sus televisores o cambiaran de canal. Sería un escándalo de proporciones épicas. Como bien señala el popular comunicador Chumel Torres en su análisis de la situación, un presidente no es un crítico de televisión ni el dueño del mando a distancia de los ciudadanos. La censura directa e indirecta es un fantasma peligroso que, cuando asoma la cabeza, suele venir acompañado de derivas autoritarias muy preocupantes. Diversas asociaciones internacionales de prensa y radiodifusión ya han puesto el grito en el cielo, y con razón. La pluralidad y el derecho a la crítica son pilares innegociables; intentar aplastarlos tachando a los críticos de conspiradores es el manual básico del populismo más trasnochado.
Pero si la injerencia mediática de la presidenta es para echarse a temblar, el caso del senador Miguel Ángel Yunes Márquez es para indignarse hasta la médula. Este personaje es la encarnación perfecta del político que ha venido a servirse del sistema en lugar de servir a los ciudadanos. Yunes, que traicionó a su partido original (el PAN) para entregar el voto decisivo que permitió al partido en el poder (Morena) aprobar una polémica reforma para desmantelar y someter al poder judicial, ha decidido que su labor legislativa ha terminado. Tras hacerle el trabajo sucio al régimen, se ha esfumado del mapa parlamentario.

La desfachatez de Yunes alcanza cotas surrealistas: acumula nada menos que noventa y cinco inasistencias al Senado. Noventa y cinco días en los que este señor ha decidido que su escaño puede acumular polvo mientras él se dedica a vivir la vida loca. Para tapar el agujero de su ausencia constante, el senador recurre a una argucia legal digna de un truhán de poca monta: pide licencias temporales y coloca a su propio padre y homónimo como suplente. Es decir, ha convertido su representación parlamentaria en un auténtico chiringuito familiar, pasándose por el forro la confianza de los votantes y riéndose en la cara de cualquier español que, si faltara un solo día sin justificar a su curro, se enfrentaría a un despido fulminante.
Y la gran pregunta es: ¿dónde se mete un senador cuando no va a trabajar noventa y cinco veces? Pues, para sorpresa de nadie, no está precisamente realizando labores comunitarias ni visitando los barrios desfavorecidos. A Yunes se le ha pillado in fraganti disfrutando de un retiro de oro que choca frontalmente con ese mantra de la “austeridad republicana” que tanto le gusta predicar a sus nuevos jefes políticos. Ha sido cazado en Madrid, concretamente en “The Library”, uno de los locales más exclusivos y elitistas de la capital española. Hablamos de un club donde la sola cuota de entrada ronda los seis mil quinientos euros al cambio, donde una copa de vino puede costarte la friolera de setenta euros y donde te sirven aperitivos de caviar por trescientos euros el plato. Mientras tanto, en su país, millones de personas sufren para llegar a fin de mes.
Pero la gira internacional del cinismo no terminó en la capital de España. Pocos días después, el ilustre y ausente legislador fue avistado en un carísimo y lujoso restaurante de Nueva York. Cuando las imágenes de su despilfarro salieron a la luz y el escándalo se hizo insostenible, la respuesta de Yunes fue un auténtico insulto a la inteligencia ciudadana. A través del típico comunicado de prensa vacío de contenido, argumentó que su viaje a Madrid era simplemente para celebrar un aniversario con sus viejos amigos de la universidad, y que su escapada a Nueva York se debía a un “tratamiento médico auditivo”. Unas excusas de manual para salir del paso que no se cree absolutamente nadie. Es el pitorreo máximo de quien sabe que cuenta con la impunidad que le otorga haberle vendido su alma, y su voto, al gobierno de turno.
Para rizar el rizo de este escándalo de proporciones mayúsculas, resulta que en su lujoso viaje por la Gran Manzana iba acompañado de su pareja sentimental. Y, oh sorpresa, resulta que ella es la propietaria de una empresa que recibió adjudicaciones y contratos públicos millonarios, superando el millón y medio de euros al cambio, por parte del Ayuntamiento de Veracruz. ¿Y quién era el alcalde de Veracruz en ese momento mágico de lluvia de millones? Nada más y nada menos que el propio hermano de Miguel Ángel Yunes. Todo queda en casa, un nepotismo de manual y una red de chanchullos que evidencia que la supuesta transformación política no es más que un cambio de sillones para que los mismos de siempre sigan llenándose los bolsillos con el dinero de los contribuyentes.
Este espectáculo bochornoso nos deja una lección amarga pero necesaria. Cuando los políticos exigen austeridad a la población mientras ellos degustan caviar en Madrid o huevos Benedictine a precios astronómicos en Nueva York, nos están tomando el pelo. Cuando un gobierno intenta amordazar a la prensa y decirte lo que puedes o no puedes ver en la televisión de tu salón, están atacando frontalmente tu libertad. La historia de la censura televisiva y del senador fugado a gastos pagados no es solo un problema de un país lejano; es una advertencia global sobre la degradación de la ética política. Hoy más que nunca, los ciudadanos debemos mantener los ojos muy abiertos y el espíritu crítico bien afilado, porque la única barrera real entre la democracia y el autoritarismo corrupto es una sociedad dispuesta a no callarse y a no dejarse engañar por discursos baratos.
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